Crítica sobre “Las Mujeres de Shakespeare”

Desde la izq. Pamela Gutiérrez, Dennise Brunner, Susan Fernández, Ana María Frege Issa y Marcelo Fernández, este 21 de agosto en el Teatro Achá. A RAJATABLA TEATRO Desde la izq. Pamela Gutiérrez, Dennise Brunner, Susan Fernández, Ana María Frege Issa y Marcelo Fernández, este 21 de agosto en el Teatro Achá.

Por Galia Yaksic (*)

La pequeña es muy aficionada a leer Shakespeare. Tiene la colección de sus obras de teatro y las ha leído casi todas, algunas varias veces. Es una conocedora de esa literatura porque la disfruta profundamente y, además de los temas shakesperianos, las tramas y la belleza del lenguaje, a ella le interesa mucho la voz que se les asigna a los personajes mujeres, y de todas ellas, Deva prefiere la de lady Macbeth. Así que, muy entusiasmada, la pequeña fue a comprar entradas con anticipación y con toda expectativa estuvo “en punto” para entrar a ver la obra Las Mujeres de Shakespeare del grupo de teatro A Rajatabla, una obra que se presentó en el teatro Achá el 21 de agosto.

Llegamos a una antesala relativamente llena. Pronto nos enteramos que la sentada era “sálvese quien pueda” o –un poco más de esta época—“arréglatelas”, porque las entradas no tenían taquilla. Tristes las dos, terminamos en una de las loreras viendo desde el tercer piso toda una fila de nueve que brillaba vacía en platea (casi hasta el tercer acto). Demás decir que el gobierno sobre uno mismo no va muy bien en la Bolivie. El público era joven (¡qué bueno!) y mientras los diálogos se desarrollaban, se escuchaba a la gente hablando y discutiendo sobre números de asiento y taquillas y butacas. Muchos llegaron tarde o muy tarde y como seis personas olvidaron –una y otra vez—apagar su celular. Papitos…

Julieta, Ofelia y Desdémona aparecieron en una escenografía pobre. Una cama a la derecha, con colchas de seda y satín. Una especie de pedestal al centro con Ofelia balanceando los pies sentada en la altura. Y un mesón type a la izquierda, sobre el cual Julieta estaba sentada o recostada y tras el cual había toda una licorería de la que el personaje adolescente sacaba de rato en rato botellitas con licor.

Después de leer la sinopsis de la obra:

"La pieza teatral reúne a cuatro personajes íconos de la literatura clásica de William Shakespeare: Julieta de “Romeo y Julieta”, Ofelia de “Hamlet”, Desdémona de “Otelo” y Lady Macbeth de “Macbeth”. Dichas mujeres nos comparten sus vidas desde su perspectiva con humor, visualizando a la mujer a través del tiempo, el amor y la sociedad.

Obra contemporizada al 2018 sin perder la esencia y cualidades de los personajes clásicos y resaltando los prejuicios que aún permanecen a través de las generaciones."

Sé que la intención era muy buena. Y, en mi filosofía: eso es lo 
que cuenta.

Sin embargo, debo confesar que –mientras veía a las actrices caminar en camisón y hablar como los personajes de Gosip Girls—casi en tono de súplica repetía en mi corazón: Merlo, Merlo…Where are you? Teatro de los Andes…I miss you. ¿Dónde están mis “Bonitas”? En algún momento de nuestra honorable historia teatral permitimos que la cultura del “one click” coopte este tan sagrado arte y lo vuelva esto, un facilismo más del siglo XXI.

En honor a la verdad, los personajes mujeres en Las mujeres de Shakespeare, no “nos comparten sus vidas desde su perspectiva con humor, visualizando a la mujer a través del tiempo, el amor y la sociedad” si no que parafrasean los resultados de una revisión rápida en Google y Wikipedia sobre las tragedias shakesperianas de las que fueron parte. Casi como cuando leo una tarea de universidad hecha a la rápida, la superficialidad de los diálogos, de la trama, de la conexión entre los personajes me resultó abrumadora. Después de algunos minutos, ya sabía yo que, si Julieta lloraba, nadie, ni las personas que estaban a su lado, podía saber qué estaba diciendo. El chillido ese era tan NO profesional, tan burdo que me puso una y otra vez en la disyuntiva de escoger entre tratar de adivinar y desconectar: obviamente desconecté, una y otra vez.

Mi amiga Desdémona tampoco hacía esfuerzo alguno por darle algo de vida a la larga y agotadora lista de observaciones psicoanalíticas que no se cansó de realizar durante las casi dos horas en el escenario. Y, por algo de vida, quiero decir: “modular” “aumentar el volumen” “vocalizar”, como si estuviera en la necesidad de comunicar algo, a un amplio número de personas, en un teatro y sin micrófono. By the way, quien ha leído, aunque fuera una sola vez alguna de las cuatro obras, después de escuchar las peroratas de Desdémona, los chismes de Julieta o las anécdotas de Ofelia, no añade absolutamente nada nuevo a su disfrute y/o conocimiento sobre el autor, los personajes, ni la tragedia en cuestión.

Una actriz genuina es la que interpretó a Ofelia, pero a intervalos, esa importantísima cualidad artística se vio completamente nublada por un guion en el que el espíritu de la muy trendy sororidad está completamente mal entendido y hasta abusado (i.e. en algún momento, llaman a las mujeres mayores/suegras: chancho, víbora, rata, etcétera). Todos, absolutamente todos los estereotipos negativos sobre la mujer joven, fueron confirmados casi sistemáticamente y sin piedad en el guion. Si, de verdad tenemos que unir el llamativo título de la obra con lo escuchado, es fácil concluir que las mujeres de Shakespeare se reducen a un grupo de amigas que se reúne para farrear, usar el lenguaje criollo postmo para analizar a los hombres de Shakespeare o para hablar (mal) de sus ñatos y reconocer la una en la otra el erotismo mojigato tan representativo de la Llajta.

No sé qué se hará en la obra “En el Taller de Shakespeare” de Horacio Oyhanarte (en la cual esta producción de Rajatabla se basó), pero fueron demasiadas disonancias chocantes, rampantes e impunes en Las Mujeres de Shakespeare como para tomar en serio esta obra.

Estirando la buena voluntad característica de la compasión que estamos tratando de cultivar, podría decir que los aspectos positivos fueron: son jóvenes haciendo teatro, se animan a presentarse así, de alguna manera consiguieron el teatro Achá, las artes gráficas impecables y el precio (cobraban más y hubiera sido indignante).

Como con los alumnitos queridos, mi nota al pie es: no es hacer nomas, hay que hacer bien y para eso hay que darle tiempo. Después del “click” sobre el mouse, es necesario CONTEMPLAR para que, en vez de un pobre primerísimo primer borrador de informe, nazca una obra de teatro trabajada, esto es: provocadora, creativa, substancial, (en este caso) jocosa, con voz propia, capaz de enriquecer a todos por igual (elenco, logística, sonidistas, músicos, iluminadores, público, parientes, amigos, ratones del teatro, etcétera). El ímpetu de los escritores por escribir, de los actores por actuar, de los productores por producir, de los directores por dirigir debiera traducirse en ganas de trabajar perfeccionando su espacio responsablemente. Eso es el arte: un noble servicio que eleva a la humanidad entreteniéndola.

Como el tiempo es precioso (por joya no desperdiciable), nos fuimos antes que la señora Macbeth entrara en escena, lo que molestó mucho a la pequeña. Espero compensar esto en un futuro cercano, ojalá con la misma obra, ya en versión final (o en limpio), a manera de reivindicarnos todas con todas.

(*) La autora es escritora, tiene una licenciatura en Comunicación Social por la Universidad Católica Boliviana y una maestría en European Languages and Literatures por la Universidad de Cambridge.

Modificado por última vez enViernes, 24 Agosto 2018 10:11

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