La vía crucis del exilio, sobre "Tomasa" de Carlos Decker-Molina

Por Javier Claure C. 

Carlos Decker-Molina, periodista y escritor boliviano residente en Estocolmo (Suecia) desde hace mucho tiempo, es el autor de la novela “Tomasa” que obtuvo, en el año 2014, el tercer puesto en el Premio Internacional de Literatura organizado por la Editorial Kipus de Cochabamba (Bolivia). Se trata de una obra literaria de profundo contenido social en donde, Decker-Molina, se asoma al mundo literario tomando en cuenta como puntos de referencia Bolivia y Suecia. Así revela en su escritura, en este caso particular, la dolorosa caminata del exilio. Tomasa rompe con las estructuras de novelas a las cuales estamos acostumbrados a leer. Se utilizan palabras en sueco, en italiano, en quechua y “bolivianismos”. Además, al final de cada capítulo hay información adicional como por ejemplo: certificados médicos, cartas, poemas, garabatos, diálogos, informes, certificados de asistentes sociales, monólogos, apuntes, preguntas, dibujos terapéuticos y certificados de la policía. También hay un glosario en donde se explica el significado de cada palabra que no está escrita en español.

Tres personajes principales van rodando en la novela, y a medida que uno se adentra en la lectura forman un triángulo de conversación que crea tensión. Y, como consecuencia, mantiene al lector pegado a las páginas. Gualberto Paniagua Mamani es la metáfora del sufrimiento. Ingmar, periodista sueco, es la metáfora de la solidaridad sueca en los años 70. Pia, ex mujer de Ingmar y de Gualberto, es la metáfora de la libertad. Y en la lejanía Tomasa, la madre de Gualberto, es la metáfora de Bolivia. El exilio tiene muchas caras, independientemente cual haya sido el motivo. Para las personas que fueron torturadas, perseguidas y encarceladas, el exilio significa alivio y libertad. Pero también puede denotar tristeza, soledad, discriminación, desarraigo y, a veces, distorsiones psíquicas. El exiliado es una persona que ha sentido en carne propia el estado interrumpido del ser, dejando atrás todo lo que tenía en su país. En resumidas cuentas, el exiliado se ve forzado a construir una identidad en el país acogedor partiendo de las profundas heridas que surgieron en su país de origen.

Gualberto Paniagua, es un boliviano de procedencia campesina que hilvanó su historia entre dos continentes. Su padre, un “sindicatero” desaforado, lo había raptado a corta edad del regazo de su madre Tomasa, quien sufría lo indecible por esta separación. En su país natal sufrió la tortura y la persecución por su militancia en un partido de izquierda. Con el paso del tiempo logra escapar a la Argentina. Y desde allí escribe cartas a su madre:
“Mamita Tomasa: Estoy en Tucumán y me he vuelto guerrillero del Ejército Revolucionario del Pueblo. Mis compañeros son muy buenos y me han dicho que ser guerrillero es subir en la escalera de la vida del hombre para ser un hombre nuevo. Cuando triunfe la Revolución que estamos armando para dar libertad a gente como vos iré a recogerte. Patria o muerte, mamitay; tu hijo Gualberto”.

Otra carta dice: “Mamitay, mi papá ha muerto, pero no llores por él, por su culpa estamos sufriendo todos. Los compañeros y un yatiri (brujo curandero indígena) que me lo ha mirado en coca me han dicho que no vuelva a Bolivia porque la situación sigue jodida. Gracias a un “llajtamasi” (compatriota), aquí he conseguido trabajo en la zafra. Seguiré juntando dinerito para ir a buscarte. A veces no puedo dormir nada, ni una horita siquiera. Tu hijo Gualberto”. Al parecer, la situación de Gualberto no era placentera en Argentina. Las peripecias se sumaban unas tras otras. Había visto morir a su padre alcoholizado, trabajaba muchas horas en la zafra y soñaba con su madre todas las noches. En medio de todo ese agobio, el destino juega a su favor y logra salir a Europa. Desde allí escribe otra misiva: “Mamitay: Anoche he llegado a un lugar frío que se llama Alvesta; está en un país que se llama Suecia. Perdona pues mamita, el flaco, el turco, el Walter y yo hemos fracasado. Creo que ya no haré más revoluciones. Me han apaleado y sabes estuve cerca de ti en Oruro pero me mandaron de vuelta a Argentina. A veces, querida mamita, me entra un sonk’oynanan (tristeza) terrible; quiero llorar no más, no duermo y me quedo mirando la oscuridad. Tu hijo G”.

En Suecia obtiene el asilo político y, al igual que todo ciudadano, recibe un número personal: 530802 – 9159. Las primeras seis cifras hacen referencia a la fecha de nacimiento. Es decir el año, el mes y el día. El penúltimo dígito indica el género. Dígitos pares son destinados para las mujeres y los impares para los hombres. Y, en consecuencia, existe un único Gualberto Paniagua Mamani. De esta manera Gualberto va entrando, poco a poco, a la rosca de la vida cotidiana sueca. Y su número personal es registrado en los bancos de datos de las autoridades.
A medida que pasa el tiempo conoce a una pareja sueca, Ingmar y Pia, padres de dos hijos. Un día, lo invitan a casa para festejar “Midsommar” (pleno verano), la fiesta más emblemática de Suecia. La conversación fluye entre comida, trago y canciones. Ingmar se excede con el alcohol y se queda dormido en un sillón. Mientras Pia y Gualberto aprovechan la situación para dar rienda suelta a sus sentimientos desenfrenados, lo cual con el transcurso del tiempo cobra un desenlace fatal. Pia abandona a Ingmar y a sus dos hijos para irse a vivir con Gualberto, el indian (indio), ex militante en las filas de izquierda.
Gualberto estudia con esmero el sueco y el inglés, requisitos que le permiten entrar a la universidad, donde se forma como ingeniero cibernético. Este logro afianza su nueva identidad, obtiene un trabajo y un estatus social relativamente bueno. Pero la relación con su pareja no marcha bien y se separa de Pia. Gualberto se compra un ático en pleno centro de Estocolmo, en un barrio bohemio, y deja atrás sus conceptos revolucionarios. Se olvida de la lucha por el pueblo, del proletariado y se vuelve un pequeño burgués. Es un hombre de moda, utiliza zapatos de excelente calidad, tiene costumbres caras, acude a restaurantes y cafeterías de moda. Este cambio radical es un fenómeno curioso y real que se ha dado en mucha gente que ha llegado a Suecia con las ideas revolucionarias escritas en el pecho. A un principio hablaban de política y eran poco menos que la Revolución proletaria andando. Sin embargo, con los años, las cosas materiales y las condiciones de vida que ofrece Suecia; se han sumergido en un mundo de consumo. Y, por consiguiente, han olvidado totalmente esas ideas y principios por los que luchaban en su país de origen.

En el caso de Gualberto, todos esos cambios, que aparentemente se ven como un signo de prosperidad, no consiguen calmar su ansiedad. Sufre de trastornos psíquicos y tiene una profunda crisis de identidad. Él mismo afirma: “Estoy jodido. Me acosan tanto los fantasmas de aquí como los de allá. ¿Quién carajo soy? Padezco de orfandad, es decir soy huérfano de madre, padre y de patria. ¿No sé quién soy?”. En un monólogo hace referencia a su madre: “Mi madre debió haber sido una santa. ¿Qué será de ella?  Anoche la volví a ver, últimamente la veo con frecuencia. Su rostro se estrella en mi cara, recordándome que la tengo sin tenerla. Mi madre es un sufrimiento antiguo. A cada instante me pregunto qué podría haber pasado si me quedaba con ella”. 

Pia, su ex pareja, lo describe como un hombre sin historia familiar, con espíritu triste y acongojado por terribles pesadillas. Un hombre que estudió con la tozudez de un loco, olvidándose de Pia y de él mismo. Probablemente así canalizó su angustia cuando estudiaba en la universidad. Es más, una ecuación diferencial, en una página de la novela, revela el trastorno bipolar de Gualberto Paniagua. Gualberto dice al respecto: “mi mal es una ecuación no resuelta, pertenece a la teoría de la relatividad”. Y se lee, entre otras cosas: “La geometría de mi ser es igual que la del espacio-tiempo no euclidiano, es decir no es plana”. De esta afirmación se pudiera especular, tomando en cuentas los logros y fracasos de Gualberto, que se desarrolló en una geometría elíptica de curvatura positiva y en una geometría hiperbólica de curvatura negativa. O sea, existe un espacio tridimensional en el que se ha desplazado, y un tiempo en el cual ha hecho historia. Y el espacio en el que se mueve Gualberto, en la novela, se llama Suecia: infierno y paraíso. Paraíso porque, a pesar del empeoramiento del modelo sueco, Suecia sigue siendo un Estado de bienestar social con una economía estable y mixta entre el capitalismo y el socialismo. Esta realidad, ha permitido que se lleven a cabo conquistas sociales de gran envergadura. Y gracias a ello es catalogado, a nivel mundial, como uno de los países con altos niveles en el campo social.
Los jubilados, los niños y las personas con discapacidad física o mental gozan de equidad. Una persona sin una pierna o sin brazos tiene derecho a participar en la sociedad. Es decir, no le quitan la calidad humana. Existe ayudas económicas para las madres solteras, subsidios económicos mensuales para menores de 18 años, derecho a 5 semanas de vacaciones, derecho a 480 días pagados (a las personas que trabajan) por concepto de permiso parental, atención médica gratuita para menores de 18 años, enseñanza gratuita tanto en el colegio como en la universidad, pago relativamente bajo, para adultos, por operaciones o consultas médicas, cesantía baja; seis por ciento este año y también pronosticado para el próximo año (según la Revista de Economía, Ekonomifakta), departamentos acogedores con agua fría, caliente y calefacción que viene desde una central, excelentes bibliotecas y un buen medio de transporte. Pero ¡ojo! que no se malentienda como que los ciudadanos reciben todo gratuitamente del cielo. En Suecia, como en todas partes del mundo, las personas que quieren vivir holgadamente y con lujos tienen que trabajar duro, para obtener un título universitario hay que estudiar fuerte. Los trabajadores pagan un impuesto alto, precisamente para mantener el bienestar en la sociedad. Los hombres cocinan, atienden a sus hijos, les cambian pañales, hacen la limpieza, lavan los platos, hacen mercado, riegan las plantas, etc.
Los suecos no son muy amigables que digamos y muchos de ellos viven felices en su soledad. La mayoría de los vecinos ni siquiera saludan, a no ser que sea un extranjero. No importa si una persona es profesional o no, si vive en un departamento o en una casa. Y como dice el dicho, “no todo lo que brilla es oro”. Infierno porque en Suecia existe racismo, soledad, depresión, suicidios, desarraigo, segregación, etc. De acuerdo al Centro Nacional, para la Investigación y Prevención del Suicidio, del Instituto Karolinska que pertenece al Hospital Universitario Karolinska, 1.544 personas se quitaron la vida durante el año 2017. De las cuales, 1.063 eran hombres y 481 mujeres.

El médico sociólogo estadounidense de ascendencia judía, Aaron Antonovsky (1923-1994), creó la teoría salutogénica. Una teoría sujetada por tres pilares: la compresibilidad, la manejabilidad y la significatividad. Estos tres conceptos juegan un papel muy importante para que exista una convergencia hacia, lo que Antonovsky llamó, “el sentido de coherencia (SOC)”. A grandes rasgos, la teoría salutogénica describe la capacidad que tiene un individuo para comprender el significado del mundo que lo rodea. Es decir, el ser humano debe darse cuenta de la relación que existe entre sus actos y los efectos que éstos tienen en su entorno. Debe igualmente tener la suficiente inteligencia para asimilar y rectificar experiencias y sucesos. Debe poseer sentimientos de carácter cognitivos emocionales para llegar a la conclusión, de que a pesar de muchos problemas que depara la vida, vale la pena vivirla. Además, según esta teoría, todo ser humano tiene la capacidad o sentimiento para enfrentar los desafíos y adversidades de la vida. También hace referencia a la aptitud y la tolerancia para comprender a otras personas y a otras culturas. A juzgar por Antonovsky, una  persona con esas cualidades alcanza el sentido de coherencia en la vida.

Volviendo al caso de Gualberto; sin duda alguna lleva una fisura en su fuero interno por la separación de su madre a corta edad. Fue raptado por su padre para ser trasladado de un lugar a otro. En otras palabras, la adaptación psicológica de Gualberto, a un nuevo entorno, ocasionó una serie de cambios que le afectaron de forma negativa emocionalmente. Quizá por eso extraña mucho a su madre, en su adultez, y la ve en sus sueños. Asimismo tuvo un padre alcohólico y fue torturado en su país. Por su pasado, y a pesar de ser profesional en el país acogedor, Gualberto no tiene capacidad para enfrentar las desventajas de la vida, no tiene sentimientos cognitivos cabales, no puede ver su entorno con objetividad, no quiere ver las consecuencias de sus actos de locura, los recursos a su alcance no le son manejables, los estímulos internos y externos no le proporcionan felicidad en la vida. O sea, Gualberto no tiene “el sentido de coherencia en la vida”. No puede resolver la incógnita de su dolencia y, como efecto, cae en depresiones, tiene un sinfín de preguntas, se deja llevar por los pensamientos negativos afincados en su mente y se encierra en su ático aislado de todo el mundo. Pia dice al respecto: “Lo que me molesta profundamente es que sus colegas discuten y debaten con él sobre temas cibernéticos pero ninguno de ellos ha ido a visitarlo en su ático de Sibirien y tampoco lo invitan nunca. Departe amigablemente en todas las fiestas de fin de año con el personal de las empresas en las que trabajó, pero al día siguiente vuelve a ser el 530802-9159; es decir, retorna a la categoría profesional del colega y no del amigo”.

Dicho de otra manera, Gualberto carece de un entorno social que pueda ayudarlo de algún modo. No tiene amigos y se emborracha con la soledad mirando las paredes de su ático. Sus colegas son fríos y calculadores. No les gusta el alboroto y no quieren, para nada, inmiscuirse en los problemas de Gualberto. Jamás lo visitan, tampoco lo invitan a su casa, ni tienen una pizca de compasión por él. Pues en Suecia no existe la pasión latina o del Mediterráneo. Hay personas que han vivido muchísimo tiempo en este suelo nórdico, y nunca han sido invitadas a un cumpleaños, a una boda o a un bautizo de una familia sueca. Es cierto, uno comparte las fiestas del trabajo, pero al día siguiente uno vuelve caer en el casillero de colega. Al fin y al cabo Suecia, es para los suecos.

(*) Javier Claure C. es escritor boliviano y vive en Suecia desde hace décadas.

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Entre el terror y el amor. Cuentos de Arpita de Norma Mayorga

Por Márcia Batista Ramos (*)

Norma Mayorga en su nuevo libro de cuentos: “Entre el Terror y El Amor – Cuentos de Arpita” (Ed. Kipus, 2018); logró combinar un enfoque de carácter regional, entrelazado con descripciones de fenómenos psicológicamente extraños en unos cuentos sencillos, pero poblados de misterios.

La escritora, nace en La Paz, pero su madre es cochabambina de Arpita, una comunidad perteneciente al municipio de Tarata, donde Norma pasa los años tiernos de su niñez. Años frescos que marcan positivamente en el imaginario de la autora que escribe:

- “Arpita es el pueblo de mis ancestros donde nacieron y crecieron mis sueños en aquellas noches de mucha oscuridad y en otras de luna y estrellas radiantes cuando mi lúcida abuela Claudina dibujaba el terror en nuestras caras mientras crecía el suspenso de sus cuentos”.

“Entre el Terror y El Amor–Cuentos de Arpita”, son cuentos breves de corte realista, escritos en lenguaje coloquial que recrean temas relativos al amor y al miedo.  Al tiempo que son cuentos de la vida y por ende, de la muerte; que aluden la injusticia, lo sobrenatural, la avaricia, el amor y el miedo.

Los relatos presentan situaciones y problemas variados que afectan a los seres humanos de una determinada región de la campiña cochabambina, perdida entre los recuerdos de infancia de la autora y el mundo digital, donde “Google Maps”, hasta la fecha, no registra Arpita.

 La autora anota con mucha lozanía, aquellos cuentos que su abuela Claudina dejó impregnados en su memoria y muchas veces los narra en primera persona, aumentando el misterio y escribe:

- “(…) la víbora enroscada sobre un montón de dinero, la vi con sus ojos brillantes, (…) aparecían más víboras que perseguían a mí mamá, (…)”.

La escritora paceña Norma Mayorga describe la vida de los habitantes de Arpita como escenario de cada relato; y también describe el momento de su vida llamado infancia, en que la autora crecía entre la ciudad y la relación con la campiña, de donde procedía la abuela materna. Esta fascinación por la naturaleza y las lides agrarias está presente en todas las historias:

- “(…) Yo conocí a Maura en Arpita, un 12 de octubre, en la fiesta de la Virgen de Lourdes (…)”.

O entonces, ella escribe:

- “(…) me acosté después de haber desgranado todo el maíz (…)”.

 Norma Mayorga, en sus argumentos no ofrece moralejas ni soluciones rápidas, antes bien, los cuentos hacen posible la reflexión del lector sobre aspectos de la realidad rural y periurbana cochabambina, que seguramente el lector desconoce, y le aportan la esperanza en un mundo en el que casi de manera imperceptible consiga aflorar los buenos sentimientos y la solidaridad entre los más humildes.

La autora logra reflejar en sus cuentos, las situaciones de pobreza propias de los países latinoamericanos. Y en un tono triste, que encubre el terror de perder la casa en que habitaba, Norma escribe:

- “(…) Empezaron a derrumbar los cuartos del primer patio y “nuestros” durazneros también cayeron. Los pájaros huyeron y también lamentaron por “su” casa y por “su” alimento (...)”.

Norma Mayorga nos permite ver, a través de los personajes de sus cuentos, otras realidades y pone a prueba nuestro intelecto. Con mucha espontaneidad y sencillez, Norma nos muestra un territorio rico a nivel cultural con diferentes tradiciones y costumbres que se reflejan de forma incuestionable en su literatura.

 Además, encontramos relatos que son un claro ejemplo del manejo de las palabras o enarboladas descripciones que narran con detalle hechos y lugares que parecen que nunca existieron, pero que sí existieron y existen, y hacen parte de una realidad paralela, a esa realidad posmoderna en que estamos inmersos.

Bolivia es territorio de distintas realidades, de emociones inconexas y un cúmulo de sentimientos difíciles de descifrar, que se caracteriza por la mezcla de tradiciones y costumbres de dos partes del mundo completamente ajenas. Siempre digo que es un mundo dentro de otro mundo; un mundo casi fantástico, que sin embargo es más real por la carga de dolor que alberga. Y podemos leer:

- “(…) ahora tirada en esa cama toda quemada.  Quién diría que (…) tendría un final como este. (…)”.

Norma Mayorga siempre trató de manifestarse en un estilo y un lenguaje propio de los escritores bolivianos, frente a las corrientes que imitan a escritores norteamericanos o europeos. En pocas páginas, la autora, hace que el lector sienta una emoción inexplicable y alcance, en instantes, viajar a otras realidades, tanto internas como externas.

Con mucho más suspenso que terror, desde mi punto de vista, Norma Mayorga logra atrapar la atención del lector con su nuevo libro; donde, en la mayoría de sus cuentos, los personajes se convierten en víctimas de su propia realidad. La escritora, de manera hábil, juega con el lector, lo hace parte y se apropia de sus emociones para lograr un terror como ningún otro.

Es menester recodar, que los cuentos en Latinoamérica han sido transmitidos oralmente durante generaciones, para contar sus historias y tradiciones. De igual manera, los nuevos escritores latinoamericanos continúan escribiendo cuentos con historias reales y ficticias para el deleite de los lectores y el enriquecimiento de la cultura regional.

 En ese marco, sin duda, los cuentos de Norma Mayorga son una pequeña joya dentro de la literatura boliviana y latinoamericana, que merece la pena conocer.

Así, Norma Mayorga, nos cuenta los cuentos de Arpita; cuentos cargados de misterio; misterio, que en sus tiernos años de niña significaba: terror. Pero, que evocan el amor en su recuerdo poblado de nostalgia; amor de su abuela Claudina, que compartía sus reminiscencias, en las noches oscuras o de luna, para distraer a los nietos, mientras terminaba de desgranar su propia vida.

(*) Nacida en Brasil, Márcia Batista Ramos es escritora y vive en Bolivia hace varios años

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La ciudad de La Paz desde la pluma embriagada de alcohol y de nostalgias de Jaime Saenz

Por Márcia Batista Ramos  (*)

La ciudad como tema literario, fue eternizada por varios escritores: São Paulo por Mario De Andrade; Lisboa por Fernando Pessoa; Buenos Aires por Jorge Luis Borges; Praga por Franz Kafka; La Paz por Jaime Saenz; entre tantos otros grandes literatos que lograron captar el alma de la ciudad de sus amores y la plasmaron con gran belleza. Corroborando con la idea de que el espacio público causa un gran fascino para los escritores, como si de una especie de obsesión se tratara.

Es en el ambiente de la ciudad donde surgen en la década de 1920 los movimientos de vanguardia, en Europa y en Latinoamérica. Es en los centros urbanos importantes donde surgen las poéticas urbanas y se diseminan en sus respectivos contextos culturales.

Las ciudades poéticamente erigidas, como metáfora interpretativa de la experiencia humana reflejan el hombre en su relación dialógica con el espacio social. Los literatos confieren, metafóricamente, al espacio urbano un sentido que supera su funcionalidad, mostrando una ciudad, que siquiera es percibida por sus habitantes.

Así, hay una La Paz que sólo es visible a partir de los textos de Jaime Saenz, esta ciudad que surge de su pluma embriagada, una ciudad con calles plagadas de nostalgias e historias que tienden a desaparecer con el paso de la modernidad, con trozos de arquitectura tirados sobre sus calles empinadas, con la montaña en el horizonte, y con personajes, tan densos que se eternizan. 

El escritor paceño, Jaime Saenz Guzmán (1921-1986), al igual que el argentino, Jorge Luís Borges (1899-1986), que siempre utilizó Buenos Aires como tema recurrente en su literatura; y más que un paño de fondo para sus poemas y cuentos, fue muchas veces personaje de sus obras; la ciudad, para Borges, fue la materia prima de su producción; así, también Jaime Saenz, en su poesía, novelas, relatos y ensayos, se identifica con la ciudad de La Paz y la recrea de forma extensa y hermosa, con sus habitantes y espacio urbano; dejando claro que la ciudad de La Paz fue su espacio vital y el imborrable trasfondo de su obra.

A través de la obra de Jaime Saenz, la ciudad de La Paz adquiere un carácter legendario. Él hace posible conocer La Paz sin tener que ir a la ciudad, y lo hace de forma poética, a través de su literatura:

“Ni siquiera la fea plataforma de cemento, que tan solo data de unos cinco o seis lustros atrás, ha sido suficiente desatino para menoscabar el inexplicable, frío y austero encanto de la Garita de Lima, la populosa al par que desolada plaza paceña, en la que suelen reunirse los desocupados, los vagos y malhechores de los barrios altos; en la que fenecen las calles Max Paredes y Tumusla, y en la que esta última cambia de nombre y se convierte en la avenida Batista, que sigue su curso hasta el Cementerio General para fenecer a su vez en las puertas de Villa Victoria. (…)”.

Además, especialmente, en su libro: “Imágenes Paceñas- lugares y personas de la ciudad” (1979), Jaime Saenz desentraña los misterios de la ciudad de La Paz y de sus habitantes, contraponiendo una realidad superficial a la realidad profunda. Así, hay una ciudad que “se exterioriza” —dice Saenz— y otra que “se oculta”. A Jaime Saenz le interesa dirigir su atención a la segunda; recreando en su imaginario la ciudad que va a transitar en su mente a la eternidad, y escribe:

“Dado por sentado que la ciudad de La Paz tiene una doble fisionomía, y admitiendo que mientras una se exterioriza la otra se oculta, hemos querido dirigir nuestra atención a esa última.

Pues en efecto, lo que aquí interesa es la interioridad y el contenido, el espíritu que mora en lo profundo y que se manifiesta en cada calle y en cada habitante, y en el que seguramente ha de encontrarse la clave para vislumbrar el enorme enigma que constituye la ciudad que se esconde a nuestros ojos”.

A través de su obra uno logra pasear por una ciudad que en realidad son muchas, donde se puede identificar una ciudad moderna y cosmopolita acorde con nuestro conocimiento sobre la importancia de la urbe paceña en el escenario nacional; y otra que se mueve en un tiempo y en un espacio estrictamente definidos, que solamente tiene sentido para aquellos que la habitan y conocen ciertos recovecos, que representa cierto caos e ininteligibilidad para quien la observa. Y entonces, Jaime Saenz, escribe así:

“¿Quién puede explicar el extraño encanto de la Garita de Lima?

Nadie. Ni siquiera un paceño.

Únicamente el morador de la Garita de Lima”.

También describe personajes paceños que constituyen en sí mismos una incongruencia al ser la esencia de una ciudad que, en cierta forma, los invisibiliza al tiempo que los hace desaparecer. Es la dualidad de la ciudad aparente, como la llama Jaime Saenz, con la ciudad mágica que permanece oculta a la visión más pragmática. De ahí la mirada nostálgica de Saenz.

 Jaime Saenz era dueño de una visión muy particular y original del mundo, tenía un modo singular de abordar temas y conceptos como el tiempo y el espacio, el destino y la realidad. Se dedicó a leer el contexto urbano paceño en transformación cimentando una obra literaria de relevancia, que sobrepasa el horizonte andino para ser estudiada tanto en Europa como en Norteamérica.

Saenz, en su tierna juventud, viajó a Alemania en 1938 donde asimiló ventajosamente las técnicas modernas de la creación literaria y artística. Lector curioso, desde temprano, Jaime Saenz, adquirió conciencia de las nuevas tendencias de la literatura mundial, mostrando predilección por el compositor austríaco del romanticismo germánico Antón Bruckner. Fue en Europa donde su personalidad fue cultivada con los filósofos Arthur Schopenhauer, Hegel, Martin Heidegger y los escritores Thomas Mann, William Blake y Franz Kafka.

Saenz fue escritor, poeta, novelista, dramaturgo, ensayista y dibujante; es reconocido por haber elaborado una de las obras literarias más hermosas de las letras bolivianas. Dejando a su muerte los siguientes títulos: Poesía: “El escalpelo” (1955); “Aniversario de una visión” (1960); “Visitante profundo” (1964); “Muerte por el tacto” (1967); “Recorrer esta distancia” (1973); “Bruckner. Las tinieblas” (1978); “La noche” (1984).

Cuentos: “Los cuartos” (1985); “Vidas y Muertes” (1986); “La piedra imán” (1989).

Novela: “Felipe Delgado” (1979); “Los papeles de Narciso Lima Acha” (1991).

“Obras inéditas” (1996).

Drama: “Obra dramática” (2005).

Miscelánea: “La bodega de Jaime Saenz” (2005).

 Otros: “Imágenes paceñas” (1979); “Al pasar un cometa” (1982); “Tocnolencias” (2009); “Calaveras”.

Al buscar nuevos caminos en la modernidad periférica en que vive, Jaime Saenz encuentra lo eterno y la novedad de lo transitorio en la ciudad que está invisible a simple vista y rompe, así, con los límites de la tradición clásica o modernista y busca nuevos caminos en la modernidad periférica en que vive.

En “Imágenes Paceñas”, Jaime Saenz confiere vigencia a la noción genuina Borgiana, de que la literatura siempre tuvo como cuna natural la ciudad, que el lenguaje de la ficción, aunque hable de temas rurales, se expresa en el lenguaje citadino. Y es así, en su leguaje netamente citadino que Jaime Saenz describe al “Aparapita”: “(…) El aparapita está siempre en la ciudad, y no obstante, al mismo tiempo habita el Altiplano, y se encuentra aquí y se encuentra allá, sin moverse de su sitio. Y eso por obra de una fuerza que, al haberse encarnado en la tierra hecha hombre, hace de éste un ser omnipresente”.

La ciudad de La Paz encanta y también desencanta a Jaime Saenz, marcando la estética de una época. Mostrando algunas imágenes que ya no pertenecen al tiempo sino a la memoria, tiñendo el texto de un color melancólico.

Jaime Saenz, al leer su contexto urbano en transformación, concluye: “(…) si el hombre busca un remedio allí donde precisamente no lo hay, es porque la soledad no se remedia sino con la propia soledad. De ahí que la magia de la ciudad, si se quiere, no es otra cosa que la magia de la soledad”.

Quedó registrado que las veladas nocturnas con Jaime Saenz fueron hasta el momento de su muerte, un espacio marginal y rebelde de rico intercambio intelectual. Los “Talleres Krupp”, la habitación donde Saenz recibía a sus visitas, se convirtió en una institución, donde la edición de revistas literarias, el juego de dados, la música de Antón Bruckner o de Simeón Roncal, las charlas sobre Milarepa y las lecturas de poemas fueron la tónica permanente.

Como también, se dice que el trato con Saenz era muy exigente. Las relaciones con sus amigos se mezclaron más de una vez con lo maravilloso y lo tenebroso en experiencias poéticas y mágicas, con resultados no muy felices. Así nació el mito de Saenz, amigo de lo oscuro y de la magia, el iniciado y el alquimista… En realidad, esta imagen fue creada por la desconfianza y el temor ante un ser que se negó a participar en la “normalidad” de una vida que encontraba falsa, en una sociedad cerrada, con dificultad para apreciar “lo nuevo” y dificultad para convivir con lo “distinto”.

Jaime Saenz, en su obra literaria, fue genuino al centrarse en la ciudad, reconociéndose naturalmente, hijo de la urbe que corre por sus venas con palabras, susurros, mutismos, patios y sentimientos que se ocultan entre callejuelas y modernidad que acecha.

El escritor paceño no construye una obra calcada en la memoria, sino en el desvarío del presente, en el momento de la vivencia. Provocando una verdadera revolución en la tradición literaria y artística de nuestro país.  Tanto así, que ha influenciado en gran parte de los actuales artistas de Bolivia. Incluso su importancia se ha sentido en las nuevas generaciones de videastas y cineastas.

El contexto histórico de la época es el culto a la modernización y el espacio sufre el impacto de este pensamiento. La tradición cede lugar a lo nuevo. En las calles, mucha gente transita y el choque anónimo de las personas confiere nuevo estilo de vida urbana. Entonces el proceso de verticalización de la ciudad es descrito así por Jaime Saenz:

“Esta zona residencial de La Paz tiene un extraordinario encanto, con extensas y bien cuidadas avenidas, con árboles ornamentales y con amplios y acogedores parques, en cuya intimidad, en espacios umbríos, se puede respirar aire puro –y este encanto precisamente, si aún conserva su lozanía, es porque el desmedido impulso del progreso todavía no se ha manifestado en su verdadera magnitud, aunque sus estragos hánse puesto ya de manifiesto en la forma de altísimos edificios, los cuales vienen a romper la harmonía y a deteriorar la atmósfera  y el paisaje de la ciudad toda, y no solo ya de Sopocachi”.

Jaime Saenz verbaliza la ciudad de La Paz siempre evocando los lugares ligados a su vida, y los espacios y personajes observados por su mirada juiciosa: los barrios que gustaba recorrer en sus largas caminatas, los bares y tiendas donde frecuentaba y conocía a otros interlocutores que se hacía, eventualmente amigo. No se centra en la ciudad del presente como fin en sí misma, como el espacio por excelencia del movimiento de la modernidad, de lo fragmentario, de la transitoriedad contingente. Más bien construye, a partir de la cartografía urbana del presente, una cartografía del pasado que se sustenta en el mito de una ciudad eterna. Y escribe: “Extrañamente, querría decir que una ciudad es indestructible”.

Se puede inferir, a través de su obra, que esa relación de Jaime Saenz con La Paz, su ciudad natal, fue tensa y su prosa está permeada por sentimientos de encantamiento y desilusión. Al tiempo que retrata el encantamiento, también retrata el tedio, el vacío, la fragmentación y la muerte en la ciudad que se moderniza.

Seducido por los barrios populares, infatigable lector, desdichado en amores, tal vez por declararse bisexual; bebedor en oscuros cafetines, y aficionado a una música que los demás no conocían (Antón Bruckner). Es Jaime Saenz quien logra verbalizar a la ciudad de La Paz con su pluma embriagada de alcohol y de nostalgias.

(*) Nacida en Brasil, Márcia Batista Ramos es escritora y vive en Bolivia hace varios años. 

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A manera de análisis: “El Rincón De Los Olvidos”–César Verduguez Gómez

Por Márcia Batista Ramos (*)

Verduguez Gómez, César. El Rincón De Los Olvidos. Cochabamba, Bolivia. Grupo Editorial Kipus, 2009. Novela que emana de una sensibilidad agudísima. Presenta los elementos de alejamiento, de disolución y de inconformismo. Inspirada en temas muy concretos, íntimos, el autor se abisma en lo psicológico y sentimental. La trama brota del intelecto, en forma serena y armoniosa, como las grandes creaciones, pero, hunde sus raíces más allá. Es el misterio del yo y del extraño universo que habitamos reflejado en las líneas de la novela “El Rincón De Los Olvidos”.

En ella, Verduguez nos presenta a personajes que se encuentran unidos a la tierra que habitan, que han de librar una lucha encarnizada con sus destinos, intentando conseguir algún tipo de redención, mas siempre terminaran doblegados por sus propias circunstancias; son vidas difíciles llenas de encontronazos con el destino, que finalmente hallarán la salvación en el silencio de la muerte.

El argumento bien hilvanado de la historia sumado al talento literario del autor, permite que en su trama aparezca entretejida la ficción histórica; donde las figuras y acontecimientos históricos fueron retratados de manera que las conexiones entre la novela y los acontecimientos contemporáneos en América Latina no pueden ponerse en duda.

En esta novela la circunstancia particular del autor juega un papel decisivo: su amor, su arrobo, su angustia, su tedio, su desgarramiento, su nostalgia, y también su peculiar visión del hombre y del mundo.

El enigma y la melancolía son la nota dominante en la creación narrativa de Verduguez. Existe una gran riqueza conceptual en su literatura. Su prosa aun cuando refleja los usos y costumbres de la sociedad, enmarcados en un medio rural  altiplánico, pero con aspectos de transversalidad del realismo, representa un saludable antídoto contra un costumbrismo intrascendente y contra un sentimentalismo nacionalista exagerado y de gusto dudoso.

Esta novela inserida en el contexto del realismo social, por narrar la situación de los más desfavorecidos, está ambientada en una pequeña comunidad rural; un pueblo altiplánico donde dos hermanas disputan el amor de un mismo hombre; y al final el tiempo aniquila a todos, incluso al poblado, permaneciendo el rincón de los muertos, con sus tumbas sin nombre como prueba de que todos estaban predestinados al olvido.

Es el pesimismo, compartido con grandes filósofos, de que la existencia humana carece de sentido; es la angustia del existir para la nada, reflejado por la pluma de Verduguez. Es el existir para la muerte. Es el existir para finalmente ser olvidado.

 Verduguez compone su obra a través de una serie de episodios, unidos, muchas veces, por la presencia de un personaje. Su técnica para construir la novela se basa en la espontaneidad y la observación de la realidad inmediata. La estructura principal es simple y la falta de conflicto se subsana por medio de frecuentes diálogos, e historias particulares de los personajes. Su estilo es vigoroso, dinámico y expresivo. Breve, claro y preciso, contrasta claramente con la prolijidad retórica de  generaciones literarias anteriores, ya que no busca la perfección sintáctica y léxica, sino la sencillez y la expresividad.

El autor abunda en metáforas en la secuencia de los acontecimientos; cabe decir que las metáforas son vivas, irónicas e hiperbólicas, destacando la veloz fluidez de la narrativa y confiriendo al texto calidad lírica y musicalidad. Como se puede anotar desde el primer párrafo del primer capítulo:

“El silencio cayó de golpe en mitad de la calle, un silencio profundo, angustiante, que vació de pronto, de gente y ruidos, los alrededores. Las voces se quedaron trancadas en los portones, como piedras y fierros cruzados, desgarrando carnes al mínimo intento de abrirse paso”. [1]

En su prosa existe algo que convoca inmediatamente a un mundo extraño, alucinado, distante de la vida cotidiana (por la manera de narrar), al tiempo que es la representación y descripción de un mundo  sencillo y de una vida cotidiana. Todo muy cargado de sentido del misterio más que de la realidad objetiva, sin perder la óptica de la objetividad. Y es en ese mundo, aparentemente paradojo, que nuestra emoción se resuelve finalmente en una agobiadora tensión de espíritu, cuando se confronta con una proyección de lo fantástico y sobrenatural en la cotidianeidad, tal vez, despertando a la imaginación. Su prosa está cercana al ensueño, y participa de su esencia:

Ahí, en media calle, estaban el gallo y su canto, el tan temido canto que volvió a surcar el aire, oscureciendo el sol, llenando de sombras grises las calles, eclipsando la luminosidad de la tarde”.[2]

Verduguez hace un magnífico retrato del individuo sencillo, que constantemente tiene que someterse al escrutinio del mundo y al de su propia conciencia, en una sociedad cerrada. Donde sus miembros actúan conforme a los pétreos dictados de los tabúes. Es en ese escenario que discurre la novela, donde César logra una excepcional prosa con auténticos elementos del realismo mágico, al redescubrir el elemento mágico que existe en la realidad; al tiempo que narra la mezcla de esa otra realidad que es el subconsciente colectivo cargado de fe y creencias, con la realidad cotidiana. En una amalgama con pensamiento mágico andino que trasciende a todas las clases sociales.

 Esta obra está atravesada de estremecimientos metafísicos; existen elementos mágicos que se pueden intuir pero no se explican; al tiempo que los personajes consideran normales, por la familiaridad existente en la región con las experiencias sobrenaturales. También se suman los escenarios Latinoamericanos urbanos desiguales, que no dejan de mostrar el mundo marginal de la pobreza. Todo crea un efecto insólito, maravilloso y deja al lector reflexivo, y agradablemente maravillado. Sin con ello, hacer parte del movimiento literario llamado realismo mágico.

En cuanto a lo discursivo, adopta expresiones coloquiales y populares. Siendo así, tiene la peculiaridad intrínseca de que en su prosa aparecen expresiones lingüísticas con matices profundamente nacionales, ya que lingüísticamente seguro de sí mismo, utiliza la lengua vernácula, sin excusas como ejemplo:

“(…) No crean que no se gasta el espíritu. Se gasta, como todo, así no más es[3]”.

“(…) y había que ver el jalón de pichi que se daban”[4].

Adolorido, íntimo, melancólico, bastante deprimido al lado de los desheredados, pone en su prosa, una nota personalísima, a la vez sugerente y emotiva cuando refleja  el sentimiento trágico de la vida vivida en esa latitud, porque no se trata de la circunstancia del ser humano universal frente al dolor de la existencia. Es el dolor del hombre desposeído circunscripto en la realidad altiplánica boliviana; como si viviera en un mundo irreal, que sin embargo subsiste dentro de otro mundo, que para el lector sí es real, pero, sus personajes, desconocen o no pueden acceder; así que, no tienen mayor opción que resignarse a sus propias circunstancias:

 “Todo fue inútil. A los tres días el hijo de Simaca Soto se tropezó y al caer se golpeó la cabeza en una piedra. Quienes estaban cerca acudieron en su auxilio. Escupieron a la piedra, llamaran al niño de su nombre, al notar que su alma se iba. Nada más se pudo hacer. El hijo de Simaca estaba muerto.”[5]

El pensamiento mágico se hace presente en todo el transcurso de la obra, al caracterizar personajes que piensan y razonan, basados en supuestos informales, erróneos o no justificados y, frecuentemente, sobrenaturales, que generan opiniones o ideas carentes de fundamentación empírica robusta. Que atribuyen un efecto a un suceso determinado, sin existir una relación de causa-efecto comprobable entre ellos. Como característica de las sociedades primitivas contemporáneas que se guían por la costumbre, tornando más lento el desarrollo socio-cultural. El pensamiento mágico genera la creencia errónea de que los propios pensamientos, palabras o actos causarán o evitarán un hecho concreto de  modo que desafía las leyes de causa y efecto comúnmente aceptadas. El pensamiento mágico es un raciocinio causal no científico. Así, el pensamiento mágico se traduce en supersticiones y diversas creencias populares que el autor consigna a lo largo de la obra:

 “Sotera no tuvo más que tomar las medidas post natal que ella conocía, y colocó bajo la almohada de la parturienta una tijera abierta en cruz y clavó en la puerta un cuchillo para que no entren ni hagan daño los malos espíritus al recién nacido”.[6]

Los personajes se construyen y se afirman a través de la vinculación de su vida, vivida en función de la relación con el otro, al erigirse a sí mismos en el contexto humanizado. Todos envueltos por el vacío de mayores perspectivas que llenen el existir; todos inmersos en una vida primaria de comer y reproducirse, para después morir. Son seres humanos que se hallan limitados por un destino inexorable que no pueden controlar y ante el que solo pueden resignarse. Viviendo en una población, un caserío, donde sus miembros se hallan unidos por el parentesco, la convivencia estrecha, la participación común en las alegrías y los sinsabores, es decir, se hallan unidos de manera semiorgánica.

Sus personajes son altamente reales y reflejan una sociedad cerrada, sociológicamente hablando, que aún persiste dentro de la sociedad contemporánea en pleno siglo XXI en Bolivia y en otros lugares de Latinoamérica. En ese entorno, todos saben cómo actuar en sociedad y la fuente de legitimación del comportamiento colectivo brota de los tabúes, de las instituciones “tribales” que no pueden ser cuestionadas. Viven y mueren bajo el signo de la rigidez; si, se producen cambios, implican reacciones religiosas que producen el advenimiento de nuevos tabúes mágicos.

Verduguez, con una mirada cinematográfica describe la realidad para que aparezca ante el lector tal cual es; aunque esta actitud sería demasiado cerebral para llegar a ser poética, el autor logra enlazar el recuerdo, mostrar el sentido del asombro frente al misterio cotidiano y presentar el temor ante la fuga inevitable del tiempo; y de la vida en el tiempo... Del tiempo que, en su huida, va dejando sus huellas, las arrugas, o una bruma en las pupilas, y un moho invisible en los objetos... Todo sin presentar altos y bajos en la belleza de su prosa. Así, el autor presenta inquietudes trascendentes a través de situaciones, aparentemente, sencillas que representan la cotidianeidad de sus personajes:

“Luego llegaron los recuerdos: los guardaba todos, los de su infancia, los de su casamiento con Tarsila, con la que nunca se llevaron bien hasta que se marchó; los de la llegada de Eutiquio y Febromia; recuerdos de tonos parecidos a la tierra, de colores ocres y grises del cielo gris, acompañados con el constante, permanente, eterno silbo del viento contra las calaminas y las rendijas de la casa.”[7]

Existe en la prosa de César Verduguez un aletazo sorpresivo. Una extraña melodía cargada de sentimiento trágico y de fuerte sentido místico. Yo diría que es una constante levadura humana de angustia, congoja, revuelta, y desesperanza (que no alcanza al pesimismo, pero, que es fuertemente descrita al punto de contagiar al lector). Además, la actitud intrínseca es de protesta. El autor es siempre un rebelde... Lucha contra las normas impuestas. Deja entrever que anhela un aire ventilado, libre. Entonces sus personajes lo demuestran: al nacer, sus hijos, ansiosos de futuro, tienen un primer impulso místico, para tratar de romper los marcos de sus existencias miserables:

 “Luego lavó la placenta con mucho esmero, cubriéndola después con serpentina y papeles de colores. Dispuesto así, buscó un lugar donde el sol no le diera, enterrándola, para evitar, de ese modo, una irritación en la matriz de Emerenciana. Junto a la placenta enterró algunos útiles de labranza y albañilería, pedazos de papel y madera (…) un libro viejo (...) para que, cuando llegue a mayor, sea un buen agricultor, un gran albañil, un doctor o un cura.”[8]

El texto está en perfecta adecuación con la cronología de la historia. Se trata de un relato lineal sin anacronías. En algunas páginas el autor logra anclar al lector en un momento determinado, para luego hacernos avanzar de un punto a otro de la historia sin la pérdida del relato lineal que avanzaba. Permitiendo penetrar y asimilar la cultura de su instante histórico y conduciendo hacia un desgarrado escepticismo, construyendo medios de defensa sicológica, se torna agnóstico, tiende a un nihilismo frío y cerebral; se pudiera decir que el autor mira el mundo sin esperanza.

Pero nada le explica el mundo. Ni su presencia en él. Allí nace su agonía. Es esto lo que revela la autenticidad de su actitud. Y allí donde termina la búsqueda especulativa, allí donde la razón se le quiebra, se abre la noche de lo desconocido.  Como el resultado de su nihilismo frente a un universo misterioso; o como el desdén en que ese agnosticismo desemboca.

En esta obra coexisten varios personajes desesperados que no encuentran sentido al respirar de cada día y que viven condenados a un sistema absurdo que les reprime injustamente y no les permite ser felices, pero, ellos no lo saben; tampoco lo manifiestan... es el autor que entreteje dolores a través de la gente que habita el poblado.

 Su historia se mueve en atmósfera irreal, como en una leyenda donde los duendes se van despertando de entre los árboles o de los hornos de barro; y las sombras se van poblando de personajes que parecieran fantásticos por su crudeza, que nos alcanzan como que sorpresivamente; entonces, cuando nos alcanzan, nos damos cuenta de que no son ficticios, que son personajes reales; extraídos de un escenario real, lejano a nuestro mundo y a nuestras preocupaciones existenciales. Por el hecho de que no los vemos no significa que no estén ahí. Y es César Verduguez, quien los hace emerger como criaturas humanas auténticas en una existencia simple, bastante primaria, aunque cargada de sentimientos, miedos, ternura y dolor.

 Así, en este escenario, surge llorando la viuda de Pacomio Cerrolla, que al no tener un cuerpo para enterrar, hace el velorio con las ropas sucias del difunto. Encarnando lentamente, un dolor solo inteligible con la intuición, o en el éxtasis:

“(…) Ahí está la viuda, sacando del dolor un poco de fuerza para escaparse de su querer morirse de pena. Miren, sin dejar de llorar ha preparado una mesa forrándola toda con tapetes y mantos negros. Ahí está, los trapos del que en vida fue Pacomio, extendido en toda superficie negra, como su suerte. En las esquinas centinelean cuatro cirios.”[9]

Todo esto tan real y humano a la vez; deja una cierta congoja y paradójicamente,  queda en la región de lo incomprensible. Como el principio de dualidad es un fundamento común de la propia vida, la sombra del amor viene desde el reino de la muerte y se manifiesta en el desconsuelo. Es la angustia ante el simple dolor de existir tan sencillamente, sin mayores aspiraciones o posibilidades; de existir para la muerte.

Y sigue avanzando desde lo desconocido; porque el autor, posee gran habilidad y técnica narrativa variada, (aunque  mayormente, narra en estilo indirecto), todo conjugado con su arte de crear. Muestra la agonía. Esta agonía no es solo humana. Todo se halla en proceso agónico. Porque esa descomposición lenta, fatal, no tiene para Verduguez esperanza alguna. Es la muerte universal y definitiva que presenta con la fuerza de su expresión, con su energía incomparable. De tal manera, incluso el dolor y la miseria adquieren, en su prosa, una dimensión altamente estética aunque para ello el autor se adentre o roce  en el surrealismo:

“Por su ancianidad ya no pudo conseguir alimentos  en las cercanías y por hambre empezó a comer el revolqué de las paredes. Comía arrancando con una cuchara metálica o un cuchillo, los pedazos de tierra que cubría la casa y ya ella misma no supo hasta cuando, aunque diría que también se comió adobes. No lo sabría nunca, ya enajenada. En su instante de muerte todo giraba vertiginosamente y le parecía ver como ella se devoraba toda su casa. Terrones que eran pan entraban por su boca, maderas y paja. Devoró la casa entera.”[10]

Todo se realiza a plena sombra del misterio, aquí entramos en un terreno fascinante, el de la identidad. Pues, la principal característica de los personajes de la novela “El Rincón De Los Olvidos” es  precisamente, no tener ninguna identidad física. En el libro se presenta personajes en blanco, siluetas sin características físicas particulares, sin rasgos distintivos. No sabemos si son bonitos, feos, altos o bajos. Son bocetos humanos sangrantes con carácter y personalidad bien definidos. Inmersos en los paradigmas que los han impuesto los dioses primero, y luego en los paradigmas que ellos han creado para sostener los primeros, por eso eventualmente concluyen: … así, no más es la vida. Muchas veces parecen ser personajes colectivos ya que, por momentos, todos tienen la misma importancia. Como lectores sabemos que esos personajes son eminentemente humanos, sabemos “a priori” que son de verdad.

El autor describe en sus mínimos detalles los ires y venires de la conciencia, mediante técnicas como la del monólogo interior y con el estilo indirecto libre. Siempre en el límite de la alucinación donde el espíritu se reduce paulatinamente, durante la efímera temporalidad humana; y cuando llega la muerte, lo que queda del espíritu, se “reúne” con el “sinfín de las partes esparcidas anteriormente”. La complejidad del sentimiento, la vecindad del dolor, de la vida y de la muerte, la expresión de emociones inconfesables, es lo que unifica el arcano. Y hechiza. Invariablemente de una forma seductoramente extravagante. En cuanto la belleza participa del misterio, por ser ella indefinible, excluye toda exégesis. 

En todo instante, el autor (en la voz del narrador), despojado de entonación solemne y de retórica elaborada, se presenta humano y sincero. Se expresa con plena libertad. Siendo su telón de fondo ese silencio apesadumbrado en el que todo, incluido el tiempo, queda en suspenso súbitamente. Mientras, que en un primer plano busca lo orgánico en movimiento, niega lo estático. Deja aflorar el dinamismo del existir. Renovando así, el misterio del mundo y del ente ontológico. Al contemplar el universo, lo hace a través del cristal de la profunda introspección. Estableciendo que su dominio es por ello, el de la intimidad. Bastante alejado de fórmulas mentales, el autor se acerca a la corriente, siempre cambiante, de la vida. La emoción que nos presenta es pura, desnuda; capaz de caracterizar el poder misterioso de quien escribe sinceramente. Corroborando con la idea de que ese sentimiento perdurará por encima de la corriente del tiempo.

En su cosmovisión, el hombre es presentado como un fragmento vivo del cosmos en unidad con la naturaleza animada, y  contradictoriamente y de muchas formas, en fuga constante del presente, que lo desencanta o angustia; porque aunque este sumergido panteístamente en la vida universal, es un fragmento disonante, dramático; que no logra armonizarse con la naturaleza, con Dios y la sociedad o finalmente, consigo mismo. Posiblemente por un  extremado dualismo (casi maniqueo), con un supuesto cuerpo que es podredumbre y una supuesta alma que vuela desligada, a las alturas.  Y esa disonancia es la que lleva al intimismo, a la introspección, al delirio y al terror individual… Entonces, se sumerge voluntariamente en el pasado o aspira a proyectarse hacia el futuro. En un perpetuo nacimiento, que engendra movimiento y variedad, como parte de un ciclo cósmico. Siendo así, las cosas parecen compartir la tensión de las almas al mezclarse los sentidos. De todos modos, es un momento crucial, de hondas congojas y altas conquistas estéticas.

En “El Rincón De Los Olvidos”, el recuerdo, el olvido, la añoranza, el presentimiento o la profecía, son algunos de sus temas reiterativos. Algunas veces, la fuga del presente se consuma en otras, no. El narrador permite descubrir las sombras que le rodean, que le colman; y, lleva de la mano al lector por medio de problemas filosóficos muy precisos que recorren la piel del enredo: el mal, el poder de lo sobrenatural, la culpa, la lucha cuerpo alma; sin tratar de ponerse en contacto con un absoluto, o con lo desconocido. Mostrando que el humano vivir desemboca en la nada. Funde la realidad narrativa con elementos fantásticos y fabulosos; no siempre para aproximarlos, si no para exagerar su aparente discordancia:

 “La vieja Aparición acabó su obra juntando las piedrecillas con un trozo de piedra imán, hilos de colores a los que les hizo tres nudos y dos granos de maíz, envolviendo todo el conjunto con la prenda que Tarsila le entregó”[11].

De muchas maneras, César Verduguez, desborda los marcos de la literatura; especialmente, cuando se hace eco del pueblo,  sin intervenir en su existir, al rescatar de forma profunda y contundente el destino social, a través de individualidades particulares que reflejan padrones de comportamiento cultural colectivo. Esto, envuelto en el escenario apesadumbrado, ya mencionado, y visto desde el cristal de la profunda introspección del autor: es agradablemente, insólito.

En “El Rincón De Los Olvidos”, Verduguez nos presenta  un mundo en desolación sin causa cierta. En ese mundo raro, hay habitantes que son sombras y nosotros (inmersos en la lectura), avanzamos en él como sonámbulos envueltos por una niebla. Donde  lo racional es desplazado por lo mágico. Es este, sin duda, un aire distinto, que solo se respira en un segundo plano de la sensibilidad. Los sentimientos se encuentran cuando el autor crea antítesis ineluctables. Al retractar una sociedad que no quiere salir del dogmatismo y el oscurantismo para entrar en la abstracción y la racionalidad. En fin, es un continente ignorado para todo aquél que piensa e interactúa en una sociedad abierta; donde las decisiones personales están en condiciones de hacer añicos los tabúes; donde lo mágico es desplazado por lo racional. Entonces, crece una sensación de irrealidad.

 Conclusión:

Tomando en cuenta que la literatura boliviana es tardía, actualmente, se mantiene en el sufrimiento nacional estereotipado de los años 50 a 70; con temas crudos, cotidianos;  exponiendo una acrimonia y una tragedia irremediable, pero, sin proponer soluciones. De muchas maneras no hubo una evolución en la literatura nacional, que siempre estuvo reflejando la inconformidad social, la idiosincrasia nacional, los dolores de un país que aporta a la frustración individual, generando un fatalismo que hace con que las personas perciban que lo que existe aquí no es suficiente, salir no es posible… en el imaginario colectivo queda la idea de que hay que conformarse con luchar mucho para obtener poco. Esa idea pesimista generalizada influencia en las artes, sin contar que la educación no permite desarrollar un criterio más selectivo y amplio; como en las artes plásticas, por ejemplo: hay mucha técnica, pero no hay conocimiento. Lógicamente que se difiere de la literatura porque el escritor lee, se auto educa, pero, esta inserido en el medio social del pintor que pinta la casita en el cerro; y eso es contagioso. Para contrarrestar toda esa realidad, de una manera fuerte y contundente se manifiesta una realidad más intensa, la cultura popular como el preste y el carnaval, que representan una carga popular muy fuerte, con mucha constancia e intensidad; por cualquier  ángulo son manifestaciones artísticas  bien estructuradas. En nuestra patria vivimos el realismo mágico en el cotidiano a través de la expresión cultural popular, que de muchas formas desluce el arte porque le sobrepasa en su propia expresividad.

En ese contexto “El Rincón De Los Olvidos” es una obra pilar de la literatura nacional contemporánea. Con mucha espontaneidad es un reflejo directo de la vida cotidiana, de ciertos sectores sociales; describe y plasma ciertas circunstancias que muchos miramos y no vemos, llevando al lector a sentir empatía por la situación de los personajes. Presentando un relato más cercano a la vida cotidiana, menos determinado social o históricamente que supera el realismo de la narrativa regionalista e indigenista, fusiona lo real, lo ideal, y lo fantástico, con toques del realismo mágico y pinceladas de surrealismo creando una literatura distinta. Concentrar todo en un solo texto es el mérito de César Verduguez Gómez que se presenta conmovedor, impetuoso e íntimo, siempre excelente y desgarradamente humano y sincero… Precisamente, cuando la literatura Latinoamericana está en un momento que no sigue una corriente definida, ya que las corrientes son amplias y difusas; no tienen la fuerza de las corrientes literarias de décadas pasadas. Pero, al nacer en el siglo XXI la obra está fuera del contexto de la literatura mundial y de los movimientos ahora en boga internacionalmente; destinada a quedarse, circunscripta al medio nacional; es el fiel reflejo de la situación de la literatura nacional; situación difícil porque todos escritores estamos mal encuadrados en Bolivia ya que nuestros escritos no llegan a vender 50.000 ejemplares. Eso deja muy claro que la situación de la literatura nacional está en un paréntesis, se encuentra en una burbuja…. 

 

[1] Verduguez Gómez, César. “El Rincón De Los Olvidos”. Cochabamba, Bolivia. Grupo Editorial Kipus, 2009. Pág.9.

[2] Ibídem, pág. 9.

[3] Ibídem, pág. 16.

[4] Ibídem, pág. 160.

[5] Ibídem, pág. 107.

[6] Ibídem, pág. 133.

[7] Ibídem, pág. 203.

[8] Ibídem, pág. 133.

[9] Ibídem, pág. 15.

[10] Ibídem, pág. 256-257.

[11] Ibídem pág. 166.

(*) Nacida en Brasil, Márcia Batista Ramos es escritora y vive en Bolivia hace varios años. 

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La trilogía Alfileres y Alfiles de Blanca Garnica: una especie de laberinto en busca de una salida

La literatura boliviana se viste de fiesta, porque el poemario “Los alfileres del cuento”, de la poeta Blanca Garnica, sale a consideración del público lector; concluyendo, así, la trilogía “Alfileres y Alfiles”.

Si la lectura del primer y segundo libro de los tres que forman la trilogía “Alfileres y Alfiles” me habían encantado, el tercero no ha sido para menos, especialmente, porque tuve el honor de leer el manuscrito.

Un tercer libro que, al igual que ocurre con los anteriores, el tema principal sigue siendo el sufrimiento diario de las mujeres, que está invisibilizado en la sociedad patriarcal –y por ende machista—en que vivimos. Un tema que, de verdad, sorprende que no haya levantado ampollas en contra de la autora, ya que ella no se calla nada, sino que expone las cosas como son; dando lustro, así, al carácter universal que adquiere su poesía al hacerse voz de nuestro siglo.

Blanca Garnica siempre conmueve, en cualquier caso. Porque la mayor satisfacción se origina siempre en el contagio del asombro ante algo que conmueve. Porque el asombro es, en sí, el origen de todo.

También me atrae la belleza siniestra que subyace en su obra y que revela sutilmente lo que no debería desvelarse: “la inquietante extrañeza” freudiana. Todo lo que debería permanecer en secreto y salió a la luz…  

Blanca Garnica sabe, de la sal de la sangre y de las lágrimas, en un mundo dominado por hombres y mujeres que construyen los estereotipos machistas que subyugan a las mujeres, porque Blanca es mujer; porque Blanca es poeta.

Blanca tiene un estilo muy bueno, escribe poesía desde el extrañamiento y perplejidad, del dolor e interrogante, mientras hace poesía, la poesía le construye a ella.

De nuevo, Blanca Garnica, supo cautivar.

“Los alfileres del cuento”, a pesar de formar parte de una trilogía, puede leerse perfectamente por separado al igual que ocurre con los anteriores poemarios: “Alfileres de plata” (2012) y “Alfileres y alfiles” (2012) y permite, de igual manera, zambullir en su alma de cristal.

Su poesía es tan densa y está tan bien escrita que no solo complementa los anteriores poemarios, sino que tiene una personalidad propia.

Los inusitados alcances de su apuesta estética la convierten en una de las escritoras contemporáneas fundamentales de la literatura boliviana y de la poesía hispanoamericana.

El gran tema de su obra es el paraíso perdido de la inocencia, el desamparo ante el sexo, la muerte y los miedos de la infancia.

Esta trilogía es un viaje a la poeta boliviana Blanca Garnica, una criatura inclasificable. Blanca Garnica: la del silencio, la de la voz suave y emotiva. Blanca: la tímida que se enciende cuando recita sus poemas, recordándonos una sacerdotisa druida. Blanca Garnica: la mujer que grita a través sus poemas. Blanca Garnica: la niña que mira al mundo incomprensible a través de los ojos bañados de melancolía, de la mujer adulta. Su personalidad deslumbrante y su postura alumbran y se entremezclan con zonas misteriosas de su obra.

Blanca Garnica, sin lugar a duda, tiene influencia Pizarnikiana; y al igual que Alejandra Pizarnik, Blanca Garnica es brevedad y silencio…

Su escrita construyó un personaje poético y anatómicamente coherente e igual a Alejandra, Blanca también alberga trazos de influencia surrealista –atraídas por la magia de la metáfora que les proporciona esta corriente– y, Blanca crea una imagen poética sobre lo doloroso de la realidad y construye un andamiaje de denuncia y en un instante, su voz se universaliza porque define la condición femenina en nuestro siglo. Empero, el vocabulario de Blanca Garnica, el estilo e imagen son exclusivamente suyos.

Blanca no se fragmenta como Alejandra y la niña que fue Alejandra Pizarnik, en donde la niñez y memoria aparecen, como aliadas, como voces de esa otra dimensión que representa el tránsito a la orilla opuesta, al otro lado del espejo; que las hace posibles y las impulsa a dialogar en el origen, en la ilusión del retorno. 

El pasado, para las dos poetas, no es sólo un trazo positivo en la línea de tiempo, sino un punto de referencia y de contraste, el espacio del retorno, imprescindible para entender, explicar y aun justificar todo otro momento, sea futuro, presente o pasado, que hubo de suceder.

Blanca camina unida a la niña que fue y que jamás se apartó, porque su niña interior además de ayudarle a pasar la vida y ser testigo de todas sus circunstancias, también cobra voz con una especie de angustia que añora ante las pequeñas depresiones consecuentes del diario vivir.

La niña que le acompaña en el trance de la vida e interroga todo lo que no comprende del mundo feo e injusto; la niña que percibe las pequeñas cosas del mundo fracturado y vacío a que están recluidas, o la niña que se permite llorar cuando la mujer calla. Eso se ve con mucha más fuerza en “Los alfileres del cuento”. Donde se entremezclan emociones como el miedo, la sorpresa, el desasosiego y el deseo, siempre con una voz trémula y delicada.

Poeta concisa y singular, cuya obra respondió siempre a las exigencias de su mundo interior, donde la naturaleza, la cotidianeidad y el misterio, se convirtieron en importantes protagonistas.

En su obra no existe un espacio de consuelo porque cada momento está acompañado por el miedo o por la incomprensión. Y su única salvación es la palabra.

Sin pretensiones diagnósticas y a partir de los enigmas que la obra nos entrega, se puede decir que nada se halla en este pequeño volumen que sea hijo de la ficción y que no esté realzado por la verdad.

Su mérito es el sentimiento, y es ésta la principal cualidad que caracteriza este género de poesía peculiarmente intimista; peculiar porque se muestra en su totalidad, al tiempo que, se reviste de mucho pudor y jamás se desnuda por completo, requiere un estilo puro, sencillo y muy expresivo, cuyos versos fluyan con la facilidad de un arroyo, transparenten el alma como un cielo, por donde se ven pasar las nubes de las percepciones, unas ligeras, brillantes y matizadas de colores; otras tristes, sombrías y grises.

Su tono dulce y melancólico es el eco del dolor de la incomprensión y del desencuentro, de los recuerdos, cuya ilusión es la última que nos abandona al pie del sepulcro.

Su escritura es la de quien crea porque no sabe ni puede hacer otra cosa ante las circunstancias que le toca ver o vivir, puesto que, no conoce otro modo de salvarse que no sea el del lenguaje. Aun cuando está segura de que la redención no existe; entiende que la palabra ayuda a transitar por el tiempo y el espacio que tercian entre la búsqueda y el hallazgo, y eso sostiene la existencia y la cordura, eso le impide sucumbir.

Blanca Garnica escribe para salvarse de la vida y del mundo; escribe para acceder al conocimiento del mundo y especialmente, del otro, sabiendo que no puede ya restituirse en él.

Toda persona necesita un espacio de protección y reflexión creativa en su interior. En este espacio es donde habita la deidad y los seres que nos guían por el camino del amor, la dulzura y las ganas de vivir. Tal vez, ángeles que nos hacen sentir que estamos protegidos, que nunca nos abandonan. Nos acompañan en todas las situaciones de la vida, en la soledad, en el miedo, en la depresión, en nuestra resignación y hasta en la muerte.

La escritura logra crear ese espacio de autoconocimiento, de diálogo interno, de resignación o de lo que se quiera llamar, pero que, en el caso de la poeta emblemática de la literatura boliviana, Blanca Garnica, se convierte en un refugio a buen recaudo del devenir y de la fractura, del abismo que se interpone entre quimera y realidad. Porque ella busca una salida y no encuentra, y después de mucha marcha en el afán de entender lo ininteligible, en el afán de encontrar respuestas la poeta dice: “Callo\ con las rodillas\ curvas\ frente a Ti”.

El acto de la escritura para Blanca Garnica, es como ingresar en una especie de “bunker” o una trinchera bien elaborada, para protegerse y salvarse, para ocultarse y acceder; es un espacio de redención, que permite conocerse y comunicar la experiencia e, incluso, la no-experiencia; revelando que no hay nada en el paisaje exterior que pueda compararse con el paisaje interior de la poeta.

Y ella escribe: - “Masticada la idea\ es un fruto maduro\ el resultado\ \De los nogales\ colgará nuestro mundo\ resucitado”.

Así, es Blanca Garnica, la que siempre está resuelta a hilvanar cera y plumas para que Dédalo huya sobrevolando el laberinto; o tal vez hilvane plumas y cera, para que Dédalo se eleve y vislumbre una salida.

Total… siempre me sobrecogen esos raros instantes donde realidad y ficción se ordenan o superponen. Y la poeta escribe: - “Sin el alma\ las piernas desnudas\ de Pinocho\ colgaban de la cama\ \ No recordaba\ su cuarto de juguetes”.

Toda su poesía es sin excusa, una larga evocación de la infancia interrelacionada con la vida misma, dando a luz a un universo perturbador, poblado de raras criaturas entre las que ella destaca. En fin, es una especie de laberinto en busca de una salida.

(*) Nacida en Brasil, Márcia Batista Ramos es escritora y vive en Bolivia hace varios años. 

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El Canto Sutil de Norma Mayorga

Por Márcia Batista Ramos (*)


Espejos del Tiempo

Sin maderas ni cinceles

esculpiste mis rostros

oh! Dios infinito.

En los espejos del tiempo

observo mis perfiles:

de talle delgado

vestida de luna,

llevo en mis alforjas

palabras fragrantes.

De mirar lejano

y palabra franca,

llevo pantalones

y aprietos botines,

soy la amazonas

que empuña el verbo

y clama justicia.

Con las manos juntas

Y mirando al cielo

elevo mis versos

para hablar Contigo.


Norma Mayorga es una escritora consecuente en el cultivo y difusión de la poesía y la narrativa. Su verso bien trabajado: con esmero y arte; brota suave y generoso, como las olas espumeantes que acarician la playa, pero con la fuerza y entereza de las montañas cubiertas por cardos, que soportan los latigazos del viento.

Norma Mayorga es hija de padres cochabambinos, nacida en La Paz  en el 17 de julio de 1950. Tuvo la niñez bordada por hilos de luna en los huertos de los valles de Cochabamba.

Es profesora de Literatura y asesora pedagógica jubilada. Realizó estudios superiores en la Universidad Mayor de San Simón en Administración Escolar, con especialidad en Japón.

Su poesía tiene gracia y equilibrio, algunas veces explorando sutiles diferencias en el conjunto cotidiano de sensaciones que nos rodean, otras substituyendo perspectivas habituales para vislumbrar en nuestras realidades cotidianas, cualidades desconocidas.

Publicó los poemarios: “Camino de Cardos” (2006 y 2008 segunda edición); y “El Canto de las Olas” (2012), que fue recomendado por la Academia Boliviana de Literatura Infantil y Juvenil como mejor publicación 2012-2013 en poesía juvenil.

Como referente en la poesía nacional, fue elegida con otras diez poetas, por la investigadora norteamericana Katy Leonard, para su libro: “Una Revelación desde la Escritura”.

Solo el poeta sabe que es inseparable de su brevedad y del dolor inherente a tal brevedad, porque cada uno sabe del dolor de ser lo que es. Así, su poesía está salpicada por la nostalgia y por cierta melancolía, que la hace hermosa en el misterio que representa, pero triste... De una tristeza, cómo la que ostentan las tardes nubladas, vestidas de amarillo… Y Norma revela: “Dicen que mi madre\ me tejió una noche\ con hilos de luna\ y agujas de amor (…)”

Norma es poeta sutil, que proyecta el ámbito local de sus imágenes del mundo a un mundo siempre vasto de sus referentes multitudinarios. Ella se mueve con espontaneidad y destreza, como pez en el océano, manejando situaciones insólitas ante la mirada ajena: “Esto\ es la agonía\ de mi fe esculpida,\ Un caer abajo\ sin llegar al fondo. (…)”.

 Norma, en su poesía, habla de cómo ella se relaciona con las palabras al decir: “Cómo cuesta\ tallar la palabra,\ agua clara,\ diáfana y auténtica.\ (…)”, y la talla, con sutiles cinceles que permiten introducir color, sabor y sonido en cada poema.

Norma Mayorga representó a Bolivia en el Fórum de la Palabra en Barcelona el 2004, como parte del Comité Escritores en prisión del PEN Bolivia. También, representó a Bolivia en Arequipa, Iquique y Santiago en el Movimiento Humanista.

Su pasión por escribir se manifiesta en la poesía y la narrativa. Sus cuentos se encuentran en diversas antologías: “Antología de Narradores Cochabambinos de Fin de Siglo”; “PEN”, Ed. Los Tiempos;  “El Océano En Un Pez”, antología cubana - boliviana; “Cuentos y Cuentos”,  Ed.  Escritores Unidos.

Fue secretaria general del PEN Bolivia (2003-2004), vicepresidenta en el Comité de Literatura Infantil y Juvenil-Cochabamba (1995-1996), y cofundadora de Escritores Unidos. También es integrante del mega proyecto: Poetas del Mundo. Asimismo, es fundadora e integrante activa de Escritores Unidos (asociación editora y difusora de libros); además pertenece al Comité de Literatura Infantil y Juvenil Cochabamba.

Escribir literatura infantil es una de las tareas más “difíciles”, según el escritor peruano Mario Vargas Llosa, ganador del Premio Nobel de Literatura del 2010; sin embargo dedicada a esa “tarea difícil”,  Norma Mayorga como escritora y poeta consagra mucho de su tiempo y creatividad para escribir literatura de calidad para los niños, ayudando a formar nuevos lectores, campo donde también se destacó.

Es miembro de la Academia Boliviana de Literatura Infantil y Juvenil.

Sus cuentos infantiles y fábulas figuran en antologías como: “Cuentos para Niñas y Niños”, selección de Manuel Vargas, Ed.  Muela del Diablo,  La Paz (1998). “Antología Literaria para Niños-Hojitas Pintadas”, Reforma Educativa (1998). “Salta el Arcoíris”, Antología del Comité de Literatura Infantil Cochabamba (1999). “La Fábula en Bolivia”, Antología realizada por César Verduguez Gómez (2007).

Su producción en literatura infantil alcanza su mayor expresión, pues, Norma Mayorga tiene una larga serie de cuentos que se destacan por el carácter pedagógico de los mismos; donde los sucesos del mundo se reflejan en historias que tratan de los sentimientos humanos; además, se desarrollan en un escenario donde la fantasía forma parte natural de la realidad.

La técnica y la sencillez expositiva logradas por Norma Mayorga en sus cuentos infantiles, contribuyen al desarrollo del imaginario infantil, pues, el escritor es un sembrador de belleza, que inspira lo que existe de mejor dentro de cada uno de nosotros.

Norma Mayorga publicó: “Bajaron las Nubes” (2009), este libro contiene cuentos y poemas para niños; “Es un Bóxer mi Doctor” (2010), cuento en verso en tres partes; “Navidad Sin Papá Noel” (2011), cuento que enfatiza los valores antes que el consumismo; “Otra Vez la Gata” (2011), cuentos y rimas que ponderan el amor a los animales y la tolerancia; “Colección Aracely Pinta” (2012), contiene cuatro libros con hermosas ilustraciones para pintar acompañados de rimas referidas al tema: “Ellos Habitan mi Jardín”, “Ya aprendí los colores”, “La canción del Cuerpo” y “Las Flores de mi Jardín”, recomendado por la Academia Boliviana de Literatura Infantil y Juvenil, como mejor publicación en poesía infantil (2012-2013); “Un Dragón en Sipe Sipe” (2015), cuento fantástico que motiva al conocimiento de nuestra tierra. Próximos a publicar: Cuentos para jóvenes “Entre el Terror y el Amor” y para los niños “Medicinas de mi Abuela” y “Un gusano turista”.

Su obra también se encuentra en antologías como: “Antología de la Poesía Boliviana”, Latina Ediciones; y “Antología Comentada de la Poesía Boliviana”, de Roberto Agreda.

Norma Mayorga, como pocos escritores en el medio, tiene su propio sello editorial que se llama: Ediciones Mayorga; y salió con el Grupo Editorial Kipus con la obra: “Un Dragón en Sipe Sipe”. Así, es como Norma innova en la difusión de sus obras literarias, siempre con mente muy abierta, buscando atajos para llegar al público lector.

El canto sutil de Norma Mayorga va tejido en verso y prosa, para adultos e infantes, un mundo claro y preciso, pues muestra tener complicidad con las palabras, pues logra dar duración a instantes transitorios: “Aquí\ con el sol jabonando\ entre las manos\ y la vida\ que resbala\ por mi espalda”.

Norma Mayorga, jamás se aleja de lo estético, por el contrario, sabe encontrar las palabras adecuadas para hacerlas vivir, sensiblemente, en el poema; logrando construir silencios con las palabras cuando expresa la quietud de los detalles: “Y callan mis latidos\ para escuchar los tuyos”.

Además, Norma construye su prosa y verso configurando secuencias, estableciendo analogías con estructuras visuales y auditivas, convirtiendo en versos sensibles y sugerentes, experiencias específicas en las cuales cristalizarán imperativos mayores.

(*) Nacida en Brasil, Márcia Batista Ramos es escritora y vive en Bolivia hace varios años. Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

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El inolvidable Augusto Guzmán: pieza clave en la historia de la literatura boliviana en el siglo XX

Por Márcia Batista Ramos (*)

El prolífico escritor Augusto Guzmán, indiscutiblemente, es pieza clave en la historia de la literatura boliviana en el siglo XX. Fue persona ejemplar, escritor profundo e historiador riguroso. Nació en Totora, departamento de Cochabamba, en 1903 y falleció en la ciudad de Cochabamba en 1994.  

Se destacó por su hombría de bien, su gran preparación y su talento como escritor. Fue narrador, periodista,  biógrafo, ensayista, también crítico literario y parlamentario, siendo abogado de profesión también ejerció como diplomático.

En 1961 le fue conferido el Premio Nacional de Literatura, en 1969 la Medalla al Mérito del Ministerio de Cultura, en 1985 recibió la Condecoración del Cóndor de los Andes en grado de Comendador, en 1990 fue condecorado por el Ministerio de Educación y Cultura con la Gran Orden de la Educación Boliviana en el grado de Comendador entre otros  inúmeros premios y distinciones a lo largo de su vida.

Ejerció la docencia universitaria y por donde anduvo dejó huella imborrable por sus diversas actividades; fue fundador de la Carrera de Arquitectura y de la bandera de la Universidad Mayor de San Simón. Dictó clases de literatura, derecho social y minero e historia del arte en diferentes universidades, en las ciudades de La Paz y Cochabamba.

Perteneció al Pen Club Internacional, a la Sociedad de Escritores y Artistas de Bolivia y a la Comisión Departamental de la UNESCO en Cochabamba.

Hombre marcado por la Guerra del Chaco (1932-1935), confrontación bélica  en la que participó y cayó prisionero en Paraguay. Nadie sale ileso de una confrontación bélica; empero, la guerra no destruyó su profunda vocación humanista, por el contrario, lapidó el espíritu humanista siempre abierto a nobles inquietudes y justas aspiraciones.

Miembro de la Academia Boliviana de la Lengua y también de la Academia Boliviana de Historia.

Absolutamente realista, con frecuencia detallista, muestra un profundo análisis psicológico en sus novelas que reflejan su compromiso con el ser humano, denunciando siempre las injusticias sociales. Escritor polifacético que escribió, entre otras temáticas sobre la reforma agraria y la Guerra del Chaco.

Con la obra "Prisionero de Guerra" (1937), comenzó la consagración de Augusto Guzmán como una de las principales personalidades culturales de Bolivia.

Es difícil identificar dentro de su abultada producción, cual puede ser considerada su obra maestra. Su narrativa suele combinar el análisis introspectivo con hechos históricos.  Augusto Guzmán escribió 44 obras además de innumerables artículos para periódicos y revistas consignándose como uno de los intelectuales y artistas más destacados de Bolivia durante el siglo XX.

Desde sus primeras novelas Augusto Guzmán se destacó. La precisión de su escritura es un obsequio verbal de la más alta calidad. Es auténtica, legítima y grande. Su riguroso formalismo, se constata en la ordenada y precisa construcción de su narrativa.

Dejó un vasto legado para la literatura boliviana, incluyendo un trabajo muy valioso de crítica literaria e historia del siglo XX.

Obra: La Sima Fecunda (1933); Prisionero de Guerra (1937); Historia de la Novela Boliviana (1938); Machuyunga (1939); El Kolla Mitrado (1942); Tupaj Katari (1944); El Cristo Viviente (1946); Baptista (1947); Gesta Valluna (1953); Cuentos de Pueblo Chico (1954); La Novela en Bolivia (1955); Adela Zamudio (1955); Antología Colonial de Bolivia (1956); En la Ruta del Indiano (1957); Diccionario de la Literatura Latinoamericana (1958); Derecho Internacional Privado Boliviano (1959); Pequeño Mundo (1960); Historia Social del Arte (1960); Historia de la Arquitectura  (1961); Arquitectura Moderna y Contemporánea (1962); Bellacos y Paladines (1964); Panorama de la Literatura Boliviana del siglo XX (1967); Breve Historia de Bolivia (1969); Cochabamba (1972); Historia de Bolivia (1973); Panorama de la Novela en Bolivia (1973); Poetas y Escritores de Bolivia (1975); Cuentos (1975); Proceso Histórico y Cultural de Cochabamba (1978); Casimiro Olañeta (1978); Geografía de Cochabamba (1978); Biografías de la Literatura Boliviana (1982); Biografías de la Nueva Literatura Boliviana (1982); El Ensayo en Bolivia (1983); El Arte de la Biografía en Bolivia (1984); La Novela Situacional en Bolivia (1985); Paz Estenssoro (1986); Remanso (1986); Microestudios (1986); Eco de Palabras  (1987); Veinte Autores Rusos del Siglo XX (1987); Historia Lacónica de la Literatura Italiana (1988); Cruel Martina (1989); Mis hazañas son mis libros (1994); La amistad no es sólo un símbolo  (biografía de Héctor Cossío) (1994).

Perteneció al movimiento conocido como la Generación Combativa, surgido tras la guerra del Chaco que tuvo una gran influencia en la renovación de la literatura y de las artes en Bolivia.

Se hizo inolvidable a través de las letras, prueba de ello, es el inmenso legado que ha dejado a la literatura boliviana del siglo XX algo que nunca agradeceremos bastante porque su labor, vista, desde la perspectiva que da el tiempo, nos parecerá siempre impagable.

El ilustre e inolvidable Augusto Guzmán dejó una obra tan diversa como fecunda, evidenciando, desde mi punto de vista, que es pieza clave en la historia de la literatura boliviana en el siglo XX.

 

(*) Nacida en Brasil, Márcia Batista Ramos es escritora y vive en Bolivia hace varios años.

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“La más lejana medianoche”, nuevo libro de Ronald Rodríguez

Por Plaza Catorce

El próximo miércoles 3 de octubre, a las 19:00, en el Centro Simón I. Patiño, el escritor Ronald Rodríguez Gonzales presentará su nueva producción literaria. Se trata de “La más lejana medianoche”, una novela de ficción sobre el conflicto bélico en Afganistán y Siria, y que representa un drástico cambio en la temática hasta ahora explorada por el autor cochabambino.

Ganador del Premio Nacional de Literatura 2011, convocado por la Alcaldía de Santa Cruz, con su libro “El evangelio de las profundidades”, que tuvo como jurado a Homero Carvalho, Peter Levy y Pablo Deheza, Ronald Rodríguez publicó luego “El libro de las sombras” y "El mártir de los orígenes", los tres parte de "Hyperrealidad", donde habla sobre el ocultismo, la magia, la numerología, la simbología y la brujería, temas con los que logró conquistar a un amplio grupo juvenil.

Lejos ya del género de ciencia ficción y fantasía donde se encasilló su obra, ahora presenta este nuevo trabajo que tiene como protagonista a Esteban, hijo de un narcotraficante francés que en los años 80 del siglo pasado importaba cocaína de Bolivia hacia Francia y quien se involucra con una boliviana que lo rescata luego de ser abatido por la policía en el aeropuerto de El Alto. Producto de esta relación nace Esteban, bajo la condición de ser criado en Francia. Al cumplir tres años el niño es enviado con su abuela paterna y termina estudiando en la Sorbona y graduándose como ingeniero en seguridad de instalaciones corporativas. Ni bien termina su carrera especializado en desarrollar “análisis de escenarios de conflicto para anticipar contingencias, Esteban es contratado por una empresa de seguridad privada inglesa, dígase mercenarios, para trabajar en instalaciones de multinacionales en países de alto riesgo, como Sierra Leona, Afganistán, Irak, y Pakistán”, explica el escritor en una entrevista con Plaza Catorce.

Paralelamente a esta historia, nace una niña en Afganistán, Rahima, durante el bombardeo de Kabul bajo el régimen talibán, en el seno de una familia muy pobre y, odiada por su padre por ser mujer, la pequeña termina creciendo en una cárcel. “Ahí aparece otro personaje, Yaryna Pavlichenko, que es una ingeniera ucraniana que trabaja con empresas de instalaciones y servicios petroleros. La mujer tiene un know-how increíble sobre cómo manejar esos negocios, pero a la par desarrolla un interés humanitario por las mujeres y niños pobres en esos países donde están las mayores operaciones petroleras” y termina involucrada con Esteban y Rahima.

CÓMO NACE LA NOVELA

El origen de esta nueva novela de Rodríguez se remonta a principios de este siglo XXI, cuando el autor, entonces licenciado en Derecho, decide hacer una especialidad –en Santiago de Chile—en Derecho Corporativo con mención en Derecho Petrolero. “El estudio de los hidrocarburos es más un aspecto técnico y más que un aspecto técnico es un aspecto geopolítico. Entonces, mi diversión, mi hobby, mi gusto, era estudiar geopolítica”, cuenta. Una vez de retorno en el país, Ronald Rodríguez empezó a trabajar en Santa Cruz en la empresa Transredes (hasta que fue nacionalizada), por lo que siguió ahondando en el tema, además que como docente de la materia en postgrado y en pregrado, “tenía que contagiar a mis alumnos ese interés por ver cómo se manejaba el negocio del petróleo, que es un manejo geopolítico más que corporativo. Entonces, he estudiado 15 años la geopolítica de los hidrocarburos y un día decidí, después de terminar ‘Hyperrealidad-El libro de las sombras’ (novela anterior a ésta), que tenía que sacar todo ese conocimiento. Pero ese conocimiento todos los años cambiaba, cambiaba, cambiaba y cambiaba… Es tan dinámico el tema que me he concentrado solamente en la parte de los conflictos y la visión del personaje principal es la visión mía de los problemas”.

Si bien “La más lejana medianoche” fue pensada durante más de una década, recién comenzó a ser escrita el 2014  durante un proceso muy doloroso para el escritor. “Me divorcié, renuncié a mi trabajo en Santa Cruz, volví a Cochabamba, estuvimos solos con mi hija y fue un proceso en donde volví a encontrarme como persona, como hombre a lado de mi familia, que es mi hija. Entonces, ese proceso de identificación personal, de perdón, todo está en el libro. Ha sido mi escape emocional. Podría entenderse como una autobiografía novelada, pero es un mucho más doloroso el libro que mi vida, porque hay en la novela el trasfondo de la guerra que muchos ignoramos y esa ignorancia del problema es lo que quiero mostrar a través del libro, que es muy íntimo”.

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