Requiem para Parotani

Lo que queda de un tren en la localidad cochabambina de Parotani Carlos Decker-Molina Lo que queda de un tren en la localidad cochabambina de Parotani

Carlos Decker-Molina (*)

Todavía escucho el grito de mi amigo que cayó entre los dos vagones de carga de un tren parado en la estación ferroviaria de Parotani.

Serapio era el sheriff del lugar y yo el jovencito enamorado de la hija del médico. Era perseguido por haber violado la ley de Parotani que prohibía enamorarse de la gente del lugar, y Mimi era del lugar, el afuerino – como siempre – era yo.   

Inspiraban nuestros juegos las películas de vaqueros que llegaban en tren en la valija de uno de los Antezana, quizá tío del Cachín, que recorría con su proyectora de estación en estación la ruta de Cochabamba a Oruro. Nunca supe si Gary Cooper y James Stewart pasaban de Buen Retiro donde la imaginación nos decía que vivía Janet Leigh la rubia y Ava Gardner la embrujadora o llegaban a Oruro metidos en los grandes carretes del cinero Antezana.

Parotani era el lugar donde se mezclaban los idiomas, no sólo el quechua y el castellano sino el ¡Open the gate! Apaches jamushanku.

En aquel entonces no se concebía pueblo sin estación ferroviaria. Era imposible pensar en llegar a Changolla o Arque por carretera. No, ¡qué va! para eso estaba el tren de la Bolivian Railway Co. que pasaba por unos túneles oscuros aprovechados por el Tata K’alincho para meter mano a las imillas que viajaban en segunda, porque en primera viajaba mi abuela y otras damas de la sociedad rural de esos valles inmaculados.

Ya quinceañero solía filtrarme a segunda porque en esos coches viajaban las vendedoras de frutillas de Vinto, peramotas y uvas de Capinota y … más tarde las chicheras que gritaban a voz en cuello: ¡Ak’a caserito! Además, entre los coches, había un pasillo pequeño adecuado para enamorados y para los fumadores sin edad para hacerlo; mis primeros Derbys robados de la cajetilla del abuelo Manuel María fueron pitados en ese lugar y también mis primeras “carnes toquendas”, rodillitas metiendo se produjeron en esos ámbitos.

La estación ferroviaria de Parotani era el escenario de encuentros y separaciones o se convertía en punto de partida de un nuevo rumbo.

Gracias a la magia de los horarios, la estación se convertía en plaza pública con comideras, refresqueras y k’ateras que cataban a coro desorejado: Fresco de orejón, habaspejtu, chicha de Quillacollo, empanadas calientitas, c’hanka de pollo caserito.

La presencia de miles de rostros desconocidos que nos miraban desde los coches de primera y segunda, era caldo de cultivo para crear historias de amor. “Te diste cuenta, se quedó mirándome. En qué estación se bajará. Tal vez vuelva en el tren de esta noche”.

Para nosotros, que no pasábamos de los quince años, viajar en tren tenía un halo de misterio y de adultez. Era traspasar no una frontera sino varias.

Tenía amigos que nunca habían puesto el pie en los trenes de pasajeros. Escuchaban deslumbrados mis relatos sobre el coche comedor. No podían entender que en el último coche del convoy estaba el comedor y la cocina donde se podía freír huevos y hervir sopas de fideos o de verduras.

Les contaba que yo entraba como un gran señor y pedía una taza de café humeante, tostadas, mantequilla y mermelada. Y, si viajaba de noche, lo mejor era un bife, huevo “estrellado” y papas fritas y… cuando sea mayor, pediría una Taquiña bien helada.

Se idealizaba no sólo el tren como transporte sino todo lo que ocasionaba su llegada a los predios de la estación ferroviaria. Tal vez duraban cinco o diez minutos de carga y descarga de las valijas de los viajeros o las bolsas de lona con cartas para mujeres analfabetas que esperaban noticias de sus hombres, maridos e hijos zafreros, mineros o soldados. El correista Rojas me pagaba unos centavos por leer esas cartas.

Minutos en los que don Benitin voceaba Los Tiempos, Cuéntame, Para Ti, Billiken y Puño Juerte. Y, dejaba al Jefe de Estación, el flaco Arce, unos billetes de lotería reservados con anticipación por algunos empleados de la Bolivian Railway entre ellos mi tío Gilberto.

Minutos en que el flaco Arce y su personal eran los dueños del lugar, mandaban y ordenaban. Firmaban guías de embarque, dictaban al telegrafista telegramas urgentes, daban encargos al conductor, lanzaban voces de mando, silbatos, banderas o lámparas con colores que se movían al ritmo de la urgencia de la partida.

El tren bufaba como animal, echaba humos negros y finalmente se escuchaba el último rugido de las bielas que anunciaba el primer movimiento que casi siempre era hacia atrás como para tomar impulso, chirriaban las ruedas, salían chispas del roce con los rieles y luego de un bufido corto y ronco se iba el tren a Buen Retiro con el furor y la fuerza del carbón de piedra. La cola del convoy donde estaba la cocina humeante se perdía en la pequeña curva de la escuela y dejaba Parotani sumida en la depresión.

La plaza quedaba vacía. Silencio. Las k’ateras se iban y los obreros de la maestranza ferroviaria retornaban a sus labores. La campana de la escuela sonaba llamando a las clases. Quedaba sólo un grupo de mujeres escuchándome leer las cartas de sus hombres.

Pero, Parotani no era ferrocarril, maestranza, obreros trabajando y mujeres escuchando, era sobre todo libertad rota por los horarios de la abuela Juana. Sonaba la campana del sereno. Eran doce campanazos al medio día, había que correr para llegar al almuerzo; seis en la tarde, se cenaba temprano, y doce en la noche que anunciaba el cese de la electricidad y de algún modo el fin de la vida. Entonces danzaban los árboles en la oscuridad y escuchaban los diálogos nocturnos de las lechuzas, sobre todo las de mal augurio.

Cuando todos dormían se escuchaba la voz del cinero Antezana, acompañado de su guitarra, cantando “Luna lunera cascabelera … ven y dile a mi chiquita por Dios que la quiero …”   y mi tía Eva se movía y removía en el camastro, prisionera de su inocencia y de la moral familiar.

Dejé la estación de Parotani varias veces, pero volvía, siempre volvía, incluso cuando era una clandestino perseguido, pero, la primera vez volví para saber cómo quedó mi amigo Serapio el Sheriff; el golpe en la cabeza fue el más grave porque sus brazos siguieron trabajando como los de su padre. La gente decía que hablaba solo, me dijo: Hablo con ellos, existen, pero tú no los puedes ver. Hacía meses que vimos una película en el cine del Antezana, era una de marcianos, supongo que por eso me entregó una carta dirigida a Marte, quería irse en tren a otro planeta. Cuando le di el último abrazo antes de dejar todo por la revolución, mi amigo Serapio estaba feliz porque radicaba ya en otro planeta.

Volví después de 40 años y me encontré que Parotani era un invento de nuestras mentes de niños y adolescentes. Los Serapios y el cinero Antezana eran personajes de una saga; mi tía Eva y la Mimi eran quimeras.

La estación del ferrocarril es un esqueleto de cemento, las casas de los empleados, la de la abuela Juana, la del Ingeniero Jefe son escombros. Hasta el rio Phutina enloquecido de ausencia se desvió de su lecho y enterró los rieles y el andén.

Soy como Serapio, Parotani existió, aunque ustedes no la vean.

(*) El autor es periodista y escritor boliviano radicado en Suecia.

Modificado por última vez enMiércoles, 19 Julio 2017 10:18
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